Capítulo 01
—Creo que Hernán me está engañando.— susurró Camila mientras observaban una vidriera.—Probablemente. — respondió Mercedes. —La fidelidad hoy es un bicho raro. Esos zapatos quedarían geniales con el vestido que te compraste ayer para el almuerzo anual del equipo.
Guadalupe observó a sus amigas. Las conocía hace cuatro años cuando comenzó en la secundaria Sagrado Corazón de Jesús.
El colegio se caracterizaba por la élite que concurría. Mercedes era hija de una ex modelo y su papá era un importante empresario gastronómico. Ella había heredado la apariencia perfecta de su madre. Alta, morocha, cuerpo perfecto y unos grandes ojos color esmeralda.
Camila, por otra parte, era de la misma altura que Guadalupe, metro 65, castaña de ojos marrones. Y aun hoy, después de cuatro años desconocían a que se dedicaba su familia. Ella no hablaba del tema, y tampoco se le preguntaba mucho.
Guadalupe era el opuesto a Mei, rubia, ojos turquesas, no tenía gran altura, pero su cuerpo estaba bien proporcionado. Su padre, era director comercial en una reconocida empresa de informática.
Las tres estaban catalogadas como las reinas del colegio. Título que se habían ganado gracias a su belleza.
—No sé para qué insistís en estar de novia con él. Te fue infiel desde que comenzaron a salir hace un año.
Camila la observó unos segundos, luego volvió su mirada hacia la vidriera.
—Porque es lindo, sería el capitán del equipo de no ser por Joaquín, y su papá es un importante hombre de la política.
Intereses. Guadalupe rodó los ojos. El ochenta por ciento del alumnado eran hijos de políticos.
—Muy profundo. —Susurró.
Mei comenzó a reír.
—La profundidad no es una de las características de Camila. No todos tenemos una familia ideal, Pupi.
Siempre le echaban en cara las mismas cosas.
—Mi familia no es ideal. Mis papás discuten cada tanto. Peleamos entre nosotros...
—Pero se aman. —La interrumpió Mei.— Es más de lo que Camila y yo podemos decir de nuestros padres. Cami, ¿Te vas a probar estos? ¿O te gustaron más los otros?
—Me los voy a probar. Deberías aceptar la invitación de Joaquín. —Dijo mientras entraban al negocio—. El chico lleva insistiendo cuatro años. Son el uno para el otro.
Salir de compras después de la escuela era algo que disfrutaba mucho. Pero hoy había algo que le molestaba pero no podía identificar que era.
—No me interesa Joaquín. Es un buen amigo, pero no tiene pasta de novio. Es muy mujeriego e infantil para algunas cosas.
—Todos los hombres son mujeriegos. Hola, quería probarme los zapatos plateados de la vidriera.
—Cami tiene razón. Tenes una idea muy romántica del noviazgo, por eso con 16 años aún sos virgen.
La empleada de la zapatería la observó de golpe.
Sintió como sus mejillas se calentaban.
—No puedo creer que hayas dicho eso adelante de todos.
Observo hacia los lados, identificando la onda expansiva del comentario de Camila.
Camila recibió el par de zapatos para probarse mientras se reía de ella.
—Si tu idea es encontrar un chico bueno, fiel, considerado, romántico y toda esa porquería que lees en tus historietas te vas a morir soltera. ¿Cómo me queda?
—Se llaman manga. Y no espero eso, solo que aún no llegó el chico que me interese, estoy bien así como estoy. Me gustan, van a quedar bien con el vestido.
—Increíble que sea un almuerzo y todos vayan vestidos de noche.
—Mei tampoco tiene novio y...
—He salido con chicos, no me interesan los chicos de secundaria y toda esa mierda social. Los chicos universitarios son diferentes. Más maduros. Y no soy virgen. Cami tampoco. Sos la única acá y a este paso creo que morirás así.
Se sentía sola, no iba a negar eso. Tenía ganas de experimentar el amor. Pero quería algo sincero. No pensaba como ellas, había visto el amor en los ojos de sus padres. Si idealizaba el amor se debía a sus padres, no a las historias que leía.
Había un malestar en su pecho, lo había sentido todo el día, pensó que salir con sus amigas lo disiparía, pero estaba empeorando. No quería estar ahí.
—Me voy a casa.
—Pupi... —la llamó Mei, pero la ignoró.
Salió de la zapatería y se subió a un taxi.
Se detuvo frente al enorme portón negro de hierro de su casa. El auto de su padre estaba estacionado en la entrada. Busco su celular en la mochila para chequear la hora. Seis y media de la tarde, esto no era normal, últimamente estaba llegando mucho más tarde.
Subió la escalinata hacia la enorme puerta de caoba, cuando iba a colocar la llave, su madre abrió de golpe.
—¡Ay! Me asustaste.
—Perdón, cielo. Te estábamos esperando, justo te vi por el vitral.—Su madre la beso en la mejilla y la arrastró hacia el living.— ¿Camila encontró los zapatos?
Su madre había re—decorado este espacio de la casa hace unos meses. Desde entonces se había transformando en su habitación favorita, después de su habitación, claro. Le había dado un toque minimalista en colores suaves, pero lo que más amaba era la alfombra gris. Caminar descalza sobre esa alfombra era como caminar sobre nubes.
—Si. ¿Para qué me estaban esperando? —mientras ocupaba uno de los sillones y dejaba la mochila en el piso.
El rostro de su madre se iluminó.
Casi idénticas. El mismo cabello rubio, los mismos ojos turquesas y la misma altura.
—Tu papá nos está esperando en el comedor.
La sujeto de la mano y la obligó a correr.
Ingresaron al hermoso comedor. Las paredes de ladrillos a la vista estaban repletas de fotos familiares. Hoy solo quedaban ellos tres, sus abuelos habían partido durante su infancia.
Su padre estaba sentado en la cabecera de la enorme mesa victoriana ubicada en el centro, leyendo el diario, el enorme ventanal a su espalda con la vista del parque, dibujo una imagen hermosa para Pupi. Su padre era pura presencia sin importar lo que estuviese haciendo.
Alzó los hermosos ojos almendra cuando las escucho entrar y le sonrió. Se puso de pie inmediatamente.
—¿Cómo está mi princesa?— estiró los brazos.
Amaba que la siga tratando como una niña. Corrió hacia su padre y se fundieron en un abrazo.
Con todas las responsabilidades que tenía como director comercial no se veían lo suficiente, por eso atesoraba cada minuto con él. Y hoy, por alguna razón necesitaba de un gran abrazo de oso.
—¿Te quedas a cenar?— pregunto sin soltarse. Aspiro profundo para llenarse del aroma de su padre. El aroma a seguridad.
—Vamos a ir los tres a cenar. Hay algo para celebrar. —Lo miro con curiosidad. Y él miró a su madre que amaba dar buenas noticias.
Pupi vio amor en los ojos de su padre. Verdadero y devoto amor. Y supo con certeza que no había forma que él fuese infiel. Sus amigas estaban equivocadas, aún existía el amor verdadero, sus padres eran la prueba de ello.
Por eso se había negado a salir con cualquier chico. Esperaba al hombre que la mirara como se miraban sus padres. Con esa honestidad y ese amor incondicional.
Se volvió a aferrar a su padre.
—Te amo, pa.
El beso la cima de su cabeza.
—También te amo, princesa.
—¿Puedo dar la buena noticia?— preguntó su madre con impaciencia. Y eso género que ambos estallaran de risa.
—Sí, amor. Es tu momento.
Pupi se separó de su padre para centrar toda su atención en su madre.
Estaba realmente emocionada, miro a ambos antes de gritar: —¡A tu papá le dieron el puesto de CEO!
Miro a su papá con asombro que la observaba con una enorme sonrisa.
—¡Oh por Dios! ¡Felicitaciones! Estoy feliz por vos, pa. Trabajaste muy duro todos estos años, me alegro de que lo hayan reconocido.
—Sí, es cierto. Trabajaste mucho todos estos años.
—Gracias. Lo sabía hace una semana pero quería que sea oficial para darles la noticia.
—Aunque ahora te voy a ver menos que antes.
Su padre la atrajo hacia sus brazos.
—Siempre voy a estar para cuando me necesites. Ustedes son lo más importante en mi vida. No hay trabajo ni puesto que supere eso, ¿Ok?
Asintió con convicción porque sabía que era cierto. Y sintió como su madre se unía al abrazo. Amaba a sus padres. —Gracias por estar conmigo siempre.
Mei tenía razón, ella tenía algo que muchos de sus amigos no tenían y estaba agradecida por eso.
—Vayan a cambiarse que las invitó a cenar. Quiero celebrar con mis chicas.
Pupi se observó por última vez en el enorme espejo de su vestidor. Finalmente se decidió por un look informal. Jeans gastados, una remera sencilla y los stilettos negros daban el toque formal.
Se acomodó el cabello rubio al que le había dado volumen con la buclera, y corroboró el sencillo maquillaje. Un simple delineado de ojos, mascara de pestañas y lápiz labial rosa pálido.
Tomó la campera de cuero negro. Era finales de abril y las noches comenzaban a ser frescas.
Salió del vestidor, sujeto la cartera bordo y chequeo de no olvidar nada. La habitación era lo suficientemente grande, una cama matrimonial en el centro, con un cobertor violeta, un pequeño living de sillones blancos en la esquina más alejada con una mesa de té de vidrio. Un escritorio. Y la enorme biblioteca empotrada en la pared con sus libros y mangas.
Siempre había sido una friki. Amaba las figuras de acción, los mangas shoju, y el anime. Un hobbie que se guardaba para ella, porque no tenía con quien compartirlo.
Corroboró el celular. Había un mensaje de Mei preguntando cómo se sentía. Hablaría con ella más tarde. No se sentía bien por haberlas dejado, y seguramente estaba preocupada. Después de sus padres, Mei era la persona más importante en su vida.
—¡Wow! —Exclamó su padre cuando la vio bajar las hermosas escaleras de caoba. Le sonrió.— Seré la envidia del restaurante, otra vez. Gracias a Dios heredaste la belleza de tu madre.
Pupi miro a su mamá que estaba aferrada a su esposo. Llevaba un vestido negro ajustado que marcaba cada curva de su perfecto cuerpo. Y a pesar que llevaba unos tacones negros de unos 8 centímetros, su padre la superaba en altura por unos cuantos centímetros.
—No hagas el papel de humilde porque aún recuerdo las batallas que tuve que enfrentar en el secundario con todas esas chicas que querían seducirte.
Su padre chisto. —Esas chicas me querían porque por alguna loca razón te fijaste en mí. Igual nunca tuvieron oportunidad. Siempre fuiste la única.
Su madre sonrió orgullosa. —Lo sé.
Y se besaron.
—¡PUAJ! Hay menores presentes. Dejen el porno para más tarde.
Su padre rodó los ojos.—No seas exagerada. Y pago una cuota muy alta de un colegio muy religioso, ¿Cómo es que conoces esa palabra? Pensé que era tabú o algo así.
—Sé usar Google. —Dijo alzando el celular.
—¿Buscas porno en Google? —Pregunto su madre con un exagerado tono de horror.
—Cada noche, antes de dormir. —Continuó bromeando.
—Bueno, está charla está tomando un rumbo peligroso. Vamos.
—Tenes que pasarme esas páginas después. —Le susurró su madre, lo suficientemente alto para ser escuchada.
—¡MARTINA!— la reto su padre.
Ambos salieron de la casa gastándose broma entre ellos.
Pupi los observo. Quería una relación así. Si debía esperar años lo haría, porque valdría la pena.
***
El imponente edificio de la escuela era un infierno cuando llegabas tarde. Ocupaba toda una manzana, y su aula se encontraba en la otra punta de la puerta de ingreso.
Se había quedado dormida. Y ahora corría por el pasillo con la esperanza de llegar al aula antes del segundo timbre de aviso.
Habían vuelto tarde de la cena y no escucho el despertador esta mañana. No era una persona madrugadora, las noches era su momento del día. Disfrutaba la quietud del mundo a su alrededor.
Un cuerpo apareció en su camino y se dio de lleno contra él. Rebotó y fue a parar derecho al piso.
¡Mierda! Eso dolió.
—Perdón. —Dijo aún desde el piso mientras se miraba la rodilla.
—Fíjate por donde vas, princesa.
El tono hostil hizo que mirara hacia arriba. Se topó con unos fríos y enojados ojos grises.
—Perdón. —Repitió.
El chico la ignoro y siguió caminando.
¡Wow! Qué carácter. El segundo timbre sonó y eso le recordó que estaba llegando tarde. Se puso de pie y corrió hasta su aula.
Llegó unos segundos antes que su preceptora.
Mei la observaba mientras recuperaba el aire.
—Me quedé dormida.
—Me imaginé.
—Corrí desde la entrada y me choque con el antisocial de 5to. Es como un perro rabioso, creí que me mordería. Y me raspe la rodilla.
Volvió a mirarse la pierna.
—Ver a Pupi caer en mitad del pasillo. ¿Cómo me perdí eso? Espero que este en YouTube. —Mei sacó el celular.
—Muy graciosa.
—Escuche que no funcionó ningún plan para expulsarlo. —Camila, que ocupaba el asiento de adelante se giró.
—¿A quién?
—Al anti social de quinto.
—¿Y por qué quieren expulsarlo? Es callado y eso, pero no veo que sea razón.
—Porque es becado. —dijo Mei.
El colegio aceptaba cada año, cinco alumnos becados para primer año. Era su forma de hacer caridad. De esos cinco, era un porcentaje muy bajo el que llegaba a recibirse. La mayoría no soportaba el peso social, y el ser discriminado por el resto del alumnado. Y el otro tanto, no conseguía mantener las notas para seguir mereciendo la beca. Los becados no podían tener menos de promedio nueve.
—¿Llegó a quinto siendo becado? —Eso era raro.
—No habla con nadie, y los tres primeros años formó parte del equipo de rugby. Según Hernán, era muy bueno y eso lo mantuvo a salvo. De un día para el otro decidió abandonar el equipo y los chicos no han podido conseguir que se vaya, todavía.
Pupi recordaba haberlo visto en los primeros partidos que había asistido, no había notado que ya no formaba parte del equipo.
—Hola Pupi. —Joaquín se acercó y le dio un sonoro y coqueto beso en la mejilla. —¿Te quedaste dormida?
Quiso poner distancia entre ambos, pero el estar sentada y tener a Joaquín prácticamente sobre su escritorio lo convirtió en una tarea sumamente difícil.
—Si.
Joaquín era divertido, pero cuando se ponía en plan de conquista era sumamente insoportable. Era el chico lindo del colegio. El número uno. Que Pupi lo rechace de forma constante le había dado la fama de «perra». Obviamente el apodo se lo habían dado todas aquellas chicas que querían a Joaco.
Era precioso. Alto, musculoso, rubio ceniza, ojos celestes como el cielo y un rostro que muchos envidiaban. No era el mejor alumno, su padre era un hombre de la política muy importante, y posiblemente no necesitará estudiar nunca más en su vida, pero si por alguna razón no quería vivir de su padre, tendría una prospera carrera de modelo. Y aun así, a pesar de toda la belleza de Joaquín, había algo que no le atraía.
—Mañana puedo pasarte a buscar si estás teniendo problemas para despertarte.
—Gracias, pero no.
—Rechazado de nuevo.
Mei río por lo bajo.
—Si dejaras de insistir dejarías de ser rechazado. Pupi no sale con nadie, y ya es hora que aceptes eso. Rechazó a todos los chicos que le declararon su amor, incluso el año pasado se dio el lujo de rechazar a tu hermano mayor.
—Lo sé, pero mantengo la esperanza.
Joaquín le guiñó un ojo antes de volver a su asiento.
***
Hacia una semana que habían ascendido a su padre y casi no lo había visto. Incluso hubo noches en que no fue a dormir a la casa. Intentaba ser paciente. Sabía que su padre ahora tenía más responsabilidades y debía adaptarse pero tenerlo menos que antes le estaba doliendo. Lo extrañaba con locura.
Su madre intentaba manejar la situación pero no podía ocultar la tristeza en sus ojos. Pero esa mañana habían prometido ser fuertes para apoyar a su padre en esta nueva etapa. Eso es lo que hace la familia, se mantiene firme cuando otro miembro lo necesita. Y su papá las necesitaba fuertes. Este momento pasaría y volverían los momentos de disfrute y tiempo juntos.
El colegio era doble escolaridad. Durante la mañana mantenían clases en español, luego tenían 30 minutos para almorzar y durante la tarde complementaban las clases de la mañana pero en inglés.
Generalmente almorzaban en el patio. El grupo era el de siempre. Mei, Camila, Hernán y Joaquín. Sabía que el resto del colegio los llamaban "La cúpula".
—¿Cómo le está yendo a tu papá en el nuevo puesto?
Sacó la vista del almuerzo que había comprado en el comedor para mirar a Joaquín.
—Casi no lo veo. Está muy ocupado pero en un tiempo volverá todo a la normalidad, supongo.
—Voy a preguntar esto, aunque ya sé la respuesta. Tu papá es miembro de la Asociación de padres que brindan el almuerzo en dos semanas, ellos van a asistir... ¿Queres ir conmigo?
Le regalo una sonrisa torcida a Joaquín.
—Ya sabes la respuesta. Y si sigue así de ocupado no sé si podrá asistir.
—Pero, ¿vos vas a ir?
—No lo sé todavía.
—Debes ir. —indicó Camila.
Era el primer evento que no estaba a cargo de la organización en tres años, y se sentía realmente bien no tener ese peso, ni la obligación de ir.
La tradición del colegio indicaba que aquella a cargo del comité debía organizar estos tipos de eventos, pero las chicas de quinto habían solicitado permiso para hacerse cargo de este evento, el cual cedió con gusto. Le habían cedido el lugar de presidente del comité el año pasado cuando Sandy tuvo que abandonar el colegio. Prácticamente la obligo a tomar el puesto, y no tuvo oportunidad de negarse.
Su celular vibró en el piso. Lo sujeto.
«Ya estoy en casa. ¿Tenes examen? ¿Puedo pasar a retirarte?»
Le sonrió al celular. Siempre firmaba con lo mismo. «Te amo, papá» como si el celular no le dijera quien era el remitente.
Respondió inmediatamente. «Libre de exámenes. Te espero. También te amo».
—Mi papá está en casa pasa a buscarme. Nos vemos. —Miro a al grupo—. ¿Alguien puede llevar la bandeja al comedor por mí?
—Yo la llevo. Suerte con tu papá. —Abrazo a Mei y salió corriendo hacia el aula para guardar sus cosas.
Necesitaba pasar tiempo con él. Estaba tan feliz que no vio a la persona frente a ella y chocó.
Alzó la mirada para disculparse. Y se volvió a topar con esos ojos grises.
Ian Santos. El antisocial de quinto. Estaba empezando a tomar por costumbre el chocar con él. Una pésima costumbre teniendo en cuenta el profundo odio en sus ojos.
—Sé que no podes ver más allá de tu propia nariz, tu ego no te lo permite, pero no estás sola en este colegio, princesa.
Otra vez ese tono. Abrió los ojos bien grandes. Había usado el apodo que solía usar su papá pero en él pareció un insulto.
—¿Estás bien, Pupi?
Miro hacia atrás para ver a su grupo llegar corriendo.
El primero fue Joaquín que la ayudó a ponerse de pie.
—Estoy bien. —Miro a Ian—. Perdón, no te vi.
—No le pidas perdón al becado. ¿Te golpeaste?
—Estoy bien. De verdad.
—¡Ey, idiota! La próxima vez fíjate por donde caminas.
Joaquín le plantó el cuerpo, se sorprendió al darse cuenta que Ian era más alto. Joaquín media un metro 70, por lo que Ian debería estar en el metro 80. Se lo notaba fuerte, pero no abusaba del gimnasio como Joaquín. Cabello negro como la noche, con grandes ondas que al llevarlo largo, a la altura del mentón, le daban un aspecto despeinado salvaje. Sus rasgos eran delicados, labios gruesos que en un ser más amable provocarían buscarlos pero los fríos ojos te abstenían de hacerlo.
—No van a pelear por esto. Me lo lleve por delante. No pierdas el tiempo en esto, Joaquín. El almuerzo ya termina, anda para allá.
Cruzaron miradas unos segundos más y finalmente Joaco la miro.
—Vamos, te acompaño. Quiero saludar a tu papá.
Asintió. Si eso ayudaba a que no peleen podía aceptarlo. Lo sujeto del brazo para que la siguiera.
—Algún día, cuando salgan al mundo real se van a dar cuenta que no son más que parásitos. —Dijo Ian cuando ya le habían dado la espalda.
Joaquín se soltó y volvió a hacerle frente. —¿Qué dijiste?
—Lo que escuchaste. Sus intentos infantiles por expulsarme me causan mucha gracia. —Le golpeó el pecho a Joaquín y comenzó a caminar. Joaco iba a responder al golpe hasta que se dio cuenta que había pegado una hoja en su camisa.
La sujeto y frunció los ojos.
Era una hoja impresa que decía «Andate antes que te arrepientas.»
Pupi miro a Joaquín.
—Eso si es infantil. El chico se gradúa a fin de año. —lo retó.
—Yo no fui. Y el equipo tampoco. No es nuestro modo de operar.
Hernán estuvo de acuerdo.
El parlante del colegio se encendió.
«Guadalupe Carrizo la pasaron a retirar. Concurra a secretaria con sus cosas.»
—Mi papá.
Todo lo demás pasó a un segundo plano. Corrió al aula, guardo todo en tiempo récord. En cinco minutos ya estaba en el auto con su papá.
—¿Seguro que no tenías examen? —Pregunto de nuevo.
—100%. Te extrañe mucho.
—Yo más...
Observó a su papá. Se lo notaba cansado, había perdido peso, pero lo que más llamo su atención fue el tinte de preocupación en sus ojos.
—¿Mama está en casa?
—Sí, nos espera para almorzar.
—Ya almorcé. El almuerzo en el colegio es a las 12:30.
—¿Qué hora es?
Que su padre no supiese que hora era marcaba lo ocupada que tenía la cabeza. Era un hombre extremadamente ordenado y meticuloso. Ella, gracias a Dios, había heredado la personalidad dispersa y despreocupada de su madre.
—Van a ser 13:10. Podrías haber descansado y cenábamos todos juntos esta noche.
La cansada mirada de su padre la preocupó mucho. Necesitaba dormir, no pasar el tiempo con ella.
—Hay algo que debemos conversar, pero... mamá es mejor en estas cosas.
No le gusto como sino eso. Pero no dijo nada más, el resto del viaje fue en silencio.
Sandra, el ama de llaves, les abrió la puerta. Tenía los ojos rojos como si hubiese estado llorando. ¿Qué diablos...?
—Hola señorita. Bienvenida.— no la miro.
—Hola... ¿Estás bien?
Esquivo su mirada y se dirigió hacia la cocina. Miro a su papá que no parecía sorprendido.
Sandra llevaba trabajando para la ellos desde antes de que naciera. Era un miembro más de la familia. El miedo se apoderó de Guadalupe. Algo no estaba bien.
Su madre se encontraba sentada en el enorme sillón blanco de la sala y se puso de pie en cuanto los vio.
—¿Qué está pasando? —necesitaba que su madre le dijera «nada....» en cambio la respuesta que recibió fue...
—Vamos a almorzar primero...
—Ya almorzó, Martina. Vamos a hablar ahora.
El tono de su padre le heló la sangre.
Cambio la mirada de uno a otro intentando adivinar. La mirada resignada de su madre por poco no la hace llorar.
—Tomemos asiento entonces.
Su madre volvió a ocupar el lugar en el sillón blanco. Pupi decidió que era mejor mantener distancia así que ocupó el sillón individual y su padre se sentó junto a su madre y le sujeto la mano.
Eso la tranquilizó un poco. Descartó la posibilidad del divorcio que había invadido su cabeza desde que ingresaron a la casa.
—La empresa de papá abrió una nueva sucursal y necesitan que el este ahí durante el primer año para garantizar el funcionamiento.
—Ajá, eso es genial.— ¿Por qué los dos tenían esa expresión tan preocupada? Era una buena noticia, ¿O no?
—Sí, es genial. Pero, cielo, la nueva sucursal donde lo necesitan por un año es en... México.
—¡¿Qué?! —Se puso de pie —¿Te vas a ir un año a México?
La mirada preocupada de sus padres la puso más nerviosa.
—Cielo, todos debemos ir a México. —Susurró su madre.
—¡¿Qué?! ¡No! Estoy a un año y medio de terminar el colegio. Mei... No. ¿No pueden esperar a que me gradúe? —sintió como las lágrimas pinchaba sus ojos y el nudo en la garganta la asfixiaba.
—Debo estar en México en dos semanas.
—¡No! ¡Papá!
—Pupi— su padre intento alcanzarla pero ella se alejó—. Lo siento mucho, princesa. Intente solucionar esto de otra manera por eso casi no estuve en casa está semana, pero la junta directiva quiere que viaje sí o sí.
—Puedo quedarme con Mei. ¿Por qué mamá tiene que viajar? —comenzó a balbucear frases sin sentido.
—Debo buscar inversionistas y... además no podría estar alejado de las dos por un año. Son mi motor.
—Pero papá...
—No voy a dejarte viviendo con Mei. Adoro a Mei pero su mamá no está en condiciones de tratar con dos adolescentes.
Eso era cierto. Estaba en tratamiento psiquiátrico hace un año después de un intento de suicidio.
—Cami...
—¡NO! —Sentenció su padre— aún desconozco a que se dedica su familia, no te voy a dejar viviendo ahí. Prefiero que vivas sola que....
—¡Daniel!
Su padre se dio cuenta tarde del error que cometió.
—Puedo vivir sola. Puedo hacerlo.
—No, no podes. La casa no es nuestra, es de la empresa, y se la darán a otro empleado...
—Siempre me están diciendo que debo madurar y no depender tanto de ustedes, puedo vivir sola.
Pupi notó que su padre lo estaba evaluando. Su mamá lo notó también.
—Daniel, tiene 16 años.
—Cumplo 17 en agosto.
—No estaba considerando la idea de dejarla sola, nuestra mayor competencia me ofreció el puesto de Director Comercial hace tres meses, podría...
—No —Lo corto Guadalupe— invertiste mucho tiempo y trabajo, esto está pasando porque reconocieron tu esfuerzo. No renuncies por mí. Puedo vivir sola. Quiero intentarlo y quiero que confíen en mí.
—Sé que parece difícil ahora —intervino su madre cuando vio la confusión en el rostro de su padre —. Dejar el colegio y tus amigas. Pero ellas estarán acá cuando volvamos. Es un año, cielo.
—Pero me perderé el viaje de fin de curso, la entrega de diplomas. Son momentos que quiero compartirlos con ellas.
—Harás recuerdos más valiosos en el futuro.
—Martina, vamos a pensar. Ella planteó una alternativa que no consideramos y es justo que la analicemos. No puedo pedirle que cambie toda su vida por mi trabajo. Y quiero analizar bien esta posibilidad.
—Daniel, tiene 16 años. —repitió.
—Lo sé, pero es justo que analice esta alternativa, y ver de qué forma podemos resolverlo. No estoy aceptando esto, quiero evaluarlo.
Su mamá no estaba feliz con eso pero asintió.
—Gracias, pa.

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